Querer tener razón es una enfermedad crónica de la humanidad. No nos damos cuenta de que nuestras ideas y creencias nos poseen causándonos gran sufrimiento.
Todos acumulamos opiniones que pasan a conformar lo que llamamos identidad construida o ego. Y si alguien agrede esas posesiones mentales, en realidad es como si nos lanzara un ataque personal. Confundimos pensamiento e identidad.
Tener opiniones es normal, también tener gustos y preferencias… pero que esas ideas y predilecciones le tengan a uno cautivo o secuestrado es una trampa. Es un gran error identificarnos con los que pensamos. No somos lo que pensamos.
Cuando una creencia o historia nos domina, llegamos a pensar que todo el mundo piensa, o debería pensar, lo mismo. Dejar de identificarnos con nuestras formas de pensar, soltarlas, es el principio de la libertad o de cómo librarse de esta particular tiranía.
Cuanto más apego tenemos a una creencia, más disgusto sentiremos cuando nos enfrentemos a las contrarias. Es fácil deducir que no es la idea del otro lo que nos causa molestia, sino nuestro rechazo a aceptar puntos de vista diferentes. No es su creencia el problema, sino nuestra posición contraria a ella.
Aceptar las ideas de otros no significa adoptarlas o validarlas. No significa estar de acuerdo. Es más bien aceptar que no entendemos a todo el mundo.
Para llevar todo lo anterior a la práctica sirve recordar que cada vez que alguien exprese una creencia alejada de las propias, y ello genere un cierto disgusto, podemos preguntarnos: “¿qué está sucediendo ahora en mi mente?”. Y “¿en qué parte de mi cuerpo siento el rechazo?”. No se trata de cambiar nada, sino simplemente de observar lo que sucede. La observación desapegada y neutral hará posible la aceptación.
Fuente: El país psicología.
.
.
.
.
.
.
.
.
